Apuntes sobre La desaparición del mar o Por una literatura infantil

Apuntes sobre La desaparición del mar

It is the law all dirty wild dreamers die first.

Y el juego consiste en darle a los postes a pesar de que la noche es inminente o, por lo mismo, por tanta luz inútil, tanta luminaria y tanto camino iluminado. Sus nombres eran bíblicos: Zacarías, Saulo, Manuel, José. De alguna manera, yo soy todos ellos.

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Y en el presente están todos muertos, perdidos sus cuerpos en algún lugar de la playa, arrastrados por los tumbos.
Ahí los veo emerger de entre el resto de los cuerpos de la fosa, entre esos brazos y torsos sin dueño, enverdecidos por el mar, el rostro de Saulo, la ropa de Zacarías, la mano que llevaba el reloj de Manuel todavía marcando el tiempo.

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Y es tan falso como morboso que sea yo el único sobreviviente, el portavoz desinteresado de los que se quemaron persiguiendo en el fuego una manera más intensa de brillar.

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Ocho y media de la tarde, ni siquiera nueve. Hora del día, y era esto un consenso entre los niños perdidos para siempre el mes de junio de 1991, en que la sombra de una persona alcanzaba su mayor dimensión, especialmente en el solsticio de verano. Cristóbal siempre fue el más alto de todos, lo seguían Paula y Gabriela, Augusto, de menor edad, aún no alcanzaba un desarrollo satisfactorio, era más bien bajo. Cristóbal, por lo tanto, lograba abarcar una mayor extensión de terreno con su sombra. Con los brazos abiertos, se extendía calle abajo llegando al mar, eso decía, a los mil años, cuando fuera un gigante. El mundo no tiene sino doscientos a los once: por eso no andaban gigantes por la calle; a lo más un tipo de dos metros y tanto que habían visto por televisión: “¡el hombre más viejo del mundo!” (y más alto), de una edad cercana a los ciento veinte. Desde aquí se desprendía que el ser humano (niñas y niños, todos), aproximadamente a los setenta u ochenta años de la formación del planeta, recién había proliferado. Antes, bajo la forma de animalejos diversos vagaba por los océanos. Las montañas no existían. Nunca se preocuparon de ellas. Eran un espejismo. No existe la distancia. Esto lo afirmaba Paula. Augusto creía en cambio que el mar era lo que no existía. Una vez leyó que las ratas en transatlánticos arribaban a islas lejanas; caminaban por una crisneja, escalaban por las cadenas de las anclas, nadaban hasta un barco, partían. Augusto se decía que los marineros eran todos ratones; los capitanes, ratas; el mar, una forma especial de decir montañas (había muchas maneras de decir una misma cosa y eso lo aterraba). Las ratas venían de las montañas entonces. Él y toda su familia vivían en una ínsula, como Sancho Panza. Su madre le recriminaba que leyera tanto: te vas a quedar ciego… Leer, concluyó, es malo para la vista. La locura de Alonso Quijano era una forma de decir su ceguera, por eso Sancho justificaba su existencia: Lazarillo; al final todos somos pequeñas ratas (Noviembre, 21. 2005). Cristóbal afirmaba que era solo el sol lo que existió. -¿Y la lluvia?, a veces llueve en invierno o otoño… -La lluvia no es sino otra forma del sol. El sol tiene dos formas extremas si más condensado o disperso; el mismo sol no es sino viento. El sol es un círculo en el cielo y uno que baja subiendo de nuevo y siempre. O dos anillos entrelazados, que giran. Todo el desarrollo del hombre era explicado por el principio de giro perpetuo de dos anillos entrelazados.
Gabriela en realidad no creía en estas cosas, con el año y medio que le llevaba a Cristóbal (el segundo más grande) tenía todo muy claro. El mundo era el mundo simplemente.

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Que el planeta fuera plano o redondo, un disco flotante o cualquier otra de las teorías del resto, no fue nunca una de sus preocupaciones. La elipse que el sol dibujaba sobre el cielo como la de astros menores o la luna; la curvatura de las nubes; el ineludible descender de los viajeros que es su ascender, recortados por el horizonte; la difícil imaginación del borde, juntura de mar y cielo, lo que entre; o la vez que subieron el cerro esperando ver la pared del mundo y solo descubrieron más y más cerros, otros convertidos montañas, planicies, pampas salares desierto bosques ciudades, costa, mar tomando altura y vuelta a dar con el primer hito, por el camino idéntico, pasando fuera de la casa, repitiendo la ruta que siguieron. Podrían haber dicho: primera vez que emprenden aventura, primera vez sin supervisión, la primera de vuelo los padres, a no mediar la amplitud racionalista del rostro de la Gabi, su ceño de inteligencia, las trenzas que disimulaban buenamente bajo un aspecto infantil, largas tardes al sol, prolongadas jornadas de observación atenta, incontables días e incontables noches de arduas evaluaciones del comportamiento de aquellos niñitos, niños que fueron sus amigos, enemigos, su familia; a no mediar su amor, sus casi dos años menos de juventud.
La redondez de la tierra, para Gabi, la naturaleza de su acción, manifestaba su evidencia. Pudo deducir, sin mitologías, cada proceso y explicarles, de haber querido, el ineludible movimiento circular, indeterminado e infinito del mundo y sus estratos. Y más particularmente, que la sombra de una persona se alargaba tanto cuánto su relación con la orientación de la luz del sol se lo permitía y que -en un momento de su ciclo diario- la sombra manifestaba con total ajuste la altura exacta de sus cuerpos; que pasado el mediodía era el momento preciso para saber cuánto más crecidos estaban; que las ocho y media de la tarde durante el solsticio de verano era por completo una ilusión, un simulacro de sus futuras medidas; que incluso Augusto podría ser más alto que todos si más cercano al crepúsculo vespertino se confrontaba con la sombra que Cristóbal proyectó a media tarde; que los hombres no alcanzaron los mil años; que los cuerpos vuelven al mar, donde todo después se cierra. Pero, claro, Gabriela no era una aguafiestas.


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